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Ilustración: Marcos Kazuo@rompts.comic

Realismo capitalista e impotencia reflexiva.
— Nikolái Aleksandr Weinbinder —

E

l suicidio de Mark Fisher puede que sea una incógnita para la sociología burguesa durkheimiana o quizás no. Pero sus aportes como teórico de la cultura nos ayudan a complejizar sobre características subexploradas del capitalismo recurriendo a ejemplos del cine, la literatura y la música. Estamos atravesados por una cultura de hedonismo depresivo donde el capitalismo comercializa placeres superfluos incapaces de llenar vacíos, sedar el dolor y calmar ansiedades. Una sensación de que no hay futuro nos interpela cristalizada en la frase de Jameson: “es mas fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”. Incertidumbre, resignación a que las cosas son como son y ninguna otra ambición más que simplemente sobrevivir tratando de mantener lo que tenemos y aceptar las reglas de lo dado. Esto es lo que Mark Fisher va a llamar realismo capitalista.

Las dinámicas anticapitalistas que intentan pervertir el statu quo del orden establecido son absorbidas por el sistema capitalista y comercializadas en un mercado que las banaliza despojadas de todo potencial revolucionario. El punk que había surgido como una manifestación contracultural, contra la reina, el estado, la policía y la autoridad, se transformo en un objeto comercial reducido a remeras de Ramones y Sex Pistols. El capitalismo asimila las criíicas y las neutraliza vaciandolas de cualquier contenido peligroso hasta convertir la imagen del Che Guevara en un símbolo de moda inofensivo.

Estas prácticas reflejan las capacidades de un sistema líquido que está preparado para la reabsorción, cooptación y neutralización de las fuerzas hostiles. Un sofisticado aparato ideológico lo vuelve impermeable y hace posible la adhesión de las mayorías. Pero este escenario da lugar a un hedonismo depresivo asociado con un fatalismo anclado en los sentimientos de incertidumbre respecto al futuro generando niveles de ansiedad, búsqueda de placeres efímeros, de distracción, adicciones y consumo. La conciencia de que nuestro ámbito laboral y político es frágil, que nuestros derechos pueden ser flexibilizados o desaparecer. Son señales que propician la ansiedad, insatisfacción, estrés y depresión. Podemos llegar a creer que se trata de problemas individuales pero en realidad los padecemos colectivamente. Buscamos sedarnos en diferentes espacios placer y nos cuesta identificar a los responsables y el modo en el que opera el sistema con toda su superestructura sobre nosotros.

El realismo capitalista lo que hace es justamente invisibilizar esa superestructura generadora de hegemonía y conjunto de prácticas que irradian la cosmovisión dominante disfrazando el padecimiento colectivo con el ropaje de lo individual. En esto participa también buena parte de los paradigmas de la psicología con sus abordajes reduccionistas que desatienden lo social e ignoran matices sociológicos. De este modo se quita responsabilidad al sistema y se esbozan respuestas partiendo de la equívoca presunción de patologías individuales. Fisher relaciona la problemática de la salud mental con la imposibilidad de identificar una salida ya que cualquier expresión antisistema se vuelve comercial y las ideologías se convierten en un mercado absorbido y aprovechado por realismo capitalista. Aqui es donde el fatalismo de lo determinado e inevitable se adueña de todo y bloquea las posibilidades de instrumentar respuestas que permitan superar esta situación.

Se dificulta identificar nuestros propios límites y la naturaleza social de problemas, restando eficacia a la hora de atacar aspectos estructurales que podrían ser resueltos. Los diversos niveles de conciencia menguan bajo estrechos márgenes de atención disminuidos por la enorme cantidad de objetos de distracción y de consumo indispensables para quienes buscan colmar la insatisfaccion de buscar algo que no encuentran. Consumo opiáceo de religión, series, televisión, búsqueda de amistades en facebook, debates a traves de twitter, proyecciones de vidas felices exhibidas en instagram. Y la tendencia ascendente a formar vínculos afectivos superficiales mediante plataformas en donde pareciera ser que las personas se encuentan en una competencia despiadada de belleza y estatus.

La infructífera búsqueda constante de algo que pueda anestesiar los malestares que padecemos se expresa a través de las nuevas tecnologías y se plasma en la necesidad obtener validación y aprobación de otras personas. Esto ocurre en el marco de redes sociales que operan en la práctica como verdaderas redes de publicidad para extraer datos y maximizar ventas. Oligopolios de grupos reducidos de empresas son dueñas de internet, deciden los algoritimos y llevan a cabo un capitalismo de vigilancia que parece salido de un capítulo de Black Mirror.

Pareciera ser que dependemos de otros para nuestra propia validación y que estamos en un círculo constante de inseguridades y ansiedades. Situación de por si compleja agravada por la pandemia con la fusión del espacio laboral y personal. Hiperconectividad asfixiante que borra los límites de la jornada laboral y donde las personas se representan a si mismas proyectadas a traves de un avatar o cuadradito de videoconferencia. Estas formas de comunicación mediadas por tecnología tampoco son capaces de apasiguar sentimientos de angustia y soledad en personas que pese a estar conectadas se sienten incomunicadas.

El pesimismo acerca del futuro y la percepción del capitalismo como eterno e inmutable golpean la psiquis de millones de personas que creen que ya no queda nada por hacer y buscan desesperadamene alguna forma de placer sedante narcótico. La angustia y el desamparo se canaliza como una euforia que busca autoaceptación y se sublima comprando objetos de consumo, acumulando bienes materiales hasta que la muerte ponga fin al vacío. La vida asume la forma de espectáculo y solo cobra apariencia de sentido cuando una audiencia observa lo que hacemos y lo valida.

Poner el foco en lo colectivo es la manera de romper con estos callejones sin salida de responsabilización individual y autoflagelación. Pero también está el obstáculo de la segregación y fragmentación creciente en forma de “tribus” donde podemos encontrar libertarios, terraplanistas, antivacunas, sectarismos políticos, fanatismos religiosos, etc. Suelen ser comunidades hiper cerradas en las que la pertenencia da un sentido de identidad y que solo se reunen para validarse entre si con personas que piensan igual que ellos. Se trata de espacios de autofirmación con característisticas de religiones seculares en donde la identidad se transforma en un objeto de consumo personal y abre un mercado capitalista alrededor de la etiqueta o rótulo con el cual se definen. Este tipo de grupos brindan seguridad a sus miembros porque garantizan poder obtener aprobación y reafirmarse.

Esto dificulta construir un colectivo que posibilite salir de la apatía y vencer la impotencia reflexiva con el telón de fondo de la clase dominante que saca provecho de estos niveles de atomización que evita enfrentamientos masivos y abiertos en términos de lucha de clases y los vuelve mas fáciles de controlar. También hay personas que viven en realidades paralelas de gamers o jugando a ser brokers de bolsa, juveniles fanáticos de las criptomonedas que aspiran a parecerse al lobo de Wall Street. Y mientras persiguen el sueño americano con manuales de emprededores se debilita la conciencia del movimiento obrero como sujeto colectivo revolucionario y unos pocos privilegiados siguen acumulando capital.

Las nuevas generaciones ya no conocen la estabilidad laboral de quienes se jubilaban en el mismo trabajo en el que habían comenzado. Las profesiones ser desvirtuan y precarizan y la certidumbre solo existe para una minoría que incluso esta invitada a rivalizar con los excluidos y desaventajados. Posmodernidad compleja salpimentada con la guerra contra la público, derechos en peligro, estado de bienestar debilitado, saqueos económicos, problemas de educación, salud, recursos naturales escasos, minería a cielo abierto, venta del agua, calentamiento global, hambre y subdesarrollo.

La impotencia reflexiva y un horizonte oscuro impiden visualizar alternativas y el capitalismo parece estar en todas partes absorbiendo y neutralizando las fuerzas críticas antisistema que luchan por las transformaciones. Las mayorías terminan por aceptar las reglas de juego y predomina el fatalismo con hedonismo depresivo que busca tapar el dolor con objetos de placer que se frustran al conseguirlos y reinician el ciclo de consumo indefinidamente. Sumergidos en la angustia, estrés y ansiedades se potencian las adicciones y el trabajo alienante orientado a poder seguir consumiendo y reproduciendo el estatus, cambiar el celular, el auto, la casa en el barrio privado, relaciones superfluas, primacía de lo estético, etc.

La derrota política e ideológica, la traición, claudicación y renuncia son las causas que dieron vida a la posmodernidad que sigue intentando decretar la muerte de la verdad, de las ideologías, de los grandes paradigmas y de los sujetos colectivos capaces de llevar adelante una emancipación revolucionaria. Mientras tanto el realismo capitalista sigue desactivando críticas y las transforma en mercancía, en objetos de consumo comercializables despojados de peligrosidad. Y solo unos pocos continuan buscando las maneras de generar contrahegemonía para alterar las condiciones subjetivas y los grados de conciencia sin venderse al sistema.







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