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Crítica marxista a Freud.

(Boceto preliminar)

Muchos fueron los intentos de conseguir una complementariedad entre psicoanálisis y marxismo que permitiera enriquecer a este último en cuestiones de subjetividad con herramientas que posibilitaran una práctica dirigida a combatir la alienación capitalista y propiciar la conciencia de clase de los obreros. Y por su contraparte, quienes trataron mediante la dialéctica materialista de desaburguesar al psicoanálisis para evitar la psicologización de los procesos históricos y sociales.

Esto dio origen a lo que se conoció vulgarmente como freudomarxismo, cuyos máximos exponentes fueron Wilhelm Reich y Herbert Marcuse. Ambos autores tenían un marcado predominio freudiano en sus ideas, las cuales combinaban con un marxismo adulterado que se cristalizaba en un inexorable eclecticismo. Pese a sus contenidos dudosamente revolucionarios dieron lugar a discusiones interesantes que trataremos más adelante.

Antes que nada aclarar que sería un error tener una concepción del psicoanálisis como un todo monolítico negando la heterogeneidad de sus tendencias. Innegablemente hay tendencias que son más conservadoras que otras, pero lo que interesa a los fines de esta nota es demostrar que pese a los matices y el “mal menor”, todas sus variantes oscilan dentro de los márgenes de un espectro conservador. Más aun, poner de manifiesto que hay un nexo íntimo y difícil de romper entre las tesis centrales de Freud y el uso conservador que se hizo de ellas.

En la base de las diferentes variedades de freudomarxismo subyace un revisionismo que pretende traducir el materialismo histórico al lenguaje del inconsciente freudiano con la ilusión de una articulación entre la estructuración del deseo y las relaciones de producción.

El marxismo ya con anterioridad a la moda estructuralista y lacaniana había identificado el psicoanálisis como un símbolo de la cultura burguesa y un pasatiempo aristocrático, cuyas implicancias ideológicas están lejos de cualquier desmitificación que pretendiese tener. Por el contrario, se lo considero un instrumento mistificador que enmascara los problemas económicos y sociales inherentes al orden social, y resulta cómplice del sistema capitalista.

Algunos conceptos como el de repetición, pulsión de muerte, envidia primaria, falta y deseo son ideológicamente congruentes con el sostenimiento y la adaptación a un sistema cultural y económico que se caracteriza por promover diversas formas de opresión, desigualdad, explotación y miseria.

Una de las críticas más conocidas a la pulsión de muerte fue la de Reich, discípulo de Freud. Quien consideraba que la pulsión de muerte no era más que una palabra, una hipótesis imposible de verificar, y cuestionaba el intento por atribuir la causa de los sufrimientos al individuo. A su vez nos deja una cita bastante ilustrativa sobre lo que entiende como principio de realidad freudiano:

Reich: “El principio de realidad es, con la forma que hoy por hoy reviste para nosotros, el principio de la sociedad capitalista, de la sociedad basada en la economía privada … Muchas son las desviaciones idealistas en psicoanálisis respecto de la manera de concebir el principio de realidad, y así es como a menudo se lo presenta como un dato absoluto”.

Wilhelm Reich denunció antes que nadie al psicoanálisis como una ideología puesta al servicio de la sociedad de consumo e instrumento de opresión y conformismo. Va a discutir la sentencia definitiva de Freud sobre la necesidad de una represión de pulsiones como precio a pagar para que exista la civilización y encontrará un origen social en la causa de las neurosis que lo llevara a proponer una revolución sexual como forma de liberación. Marcuse por su parte también retomará algunas discusiones de los últimos textos “sociológicos” freudianos para criticar la “sobrerrepresión” en su obra más famosa Eros y Civilización.

Freud: “Todo individuo es virtualmente un enemigo de la cultura (…) Los seres humanos sienten como gravosa opresión los sacrificios a que los insta la cultura a fin de permitir una convivencia. Por eso la cultura debe ser protegida contra los individuos, y sus normas, instituciones y mandamientos cumplen esta tarea”.

Para Freud la cultura solo es posible mediante la represión de ciertas pulsiones. Podríamos decir que en ese sentido es una especie de contractualista hobbsiano que justifica el Estado y las instituciones poniendo el foco en proteger a la cultura de una agresividad originaria que convierte al hombre en lobo del hombre. Haciendo una lectura en clave biológica y forma de mito (Tótem y Tabú) sustenta la represión por parte de las instituciones para regular la agresividad de las personas y consolidar un contrato social que permita vivir en sociedad. Veamos la siguiente cita que reafirma el parecido con Thomas Hobbes.

Freud: “pulsión agresiva natural de los seres humanos, la hostilidad de uno contra todos y de todos contra uno. Esta pulsión de agresión en el retoño y el principal subrogado de la pulsión de muerte”.

La mirada de Freud sobre lo social parte del individuo en términos ahistóricos y hasta biológicos sirviendo de justificación a un Estado clasista garante del sistema que mediante represión y consenso mantiene bajo control a las mayorías explotadas. Lo contrario de Marx que para abordar lo social toma como punto de partida la forma en que las personas viven, se relacionan y producen.

Es un reduccionismo abordar lo social desde conflictos internos en el aparato psíquico. De igual modo que es un reduccionismo (y no es propio del marxismo) creer que todos los conflictos son externos o por la sociedad. Ahora veremos como este último reduccionismo se corresponde con el prejuicio que tiene Freud sobre el marxismo.

Pasemos a examinar los textos en los que Freud intenta dar un salto sociológico con su teoría. Especialmente en el malestar en la cultura, y el porvenir de una ilusión. En el primero nos vamos a concentrar en la crítica que hace a los comunistas y en el segundo sobre la explicación de la religión entendida como neurosis obsesiva universal, contrastando luego las diferencias con el materialismo histórico.

Freud: “Los comunistas creen haber hallado el camino para la redención del mal. El ser humano es íntegramente bueno, rebosa de benevolencia hacia sus prójimos, pero la institución de la propiedad privada ha corrompido su naturaleza. La posesión de bienes privados confiere al individuo el poder, y con él la tentación, de maltratar a sus semejantes; los desposeídos no pueden menos que rebelarse contra sus opresores, sus enemigos. Si se cancela la propiedad privada, si todos los bienes se declaran comunes y se permite participar en su goce a todos los seres humanos, desaparecerán la malevolencia y la enemistad entre los hombres. Satisfechas todas las necesidades, nadie tendrá motivos para ver en el otro su enemigo; todos se someterán de buena voluntad al trabajo necesario”.

Aquí hace un punto seguido en la parodia y continua diciendo:

Freud: “No es de mi incumbencia la crítica económica al sistema comunista; no puedo indagar si la abolición de la propiedad privada es oportuna y ventajosa. Pero puedo discernir su premisa psicológica como una vana ilusión. Si se cancela la propiedad privada, se sustrae al humano gusto por la agresión uno de sus instrumentos; poderoso sin duda, pero no el más poderoso. Es que nada se habrá modificado en las desigualdades de poder e influencia de que la agresión abusa para cumplir sus propósitos; y menos aún en su naturaleza misma. La agresión no ha sido creada por la institución de la propiedad; (…) ese rasgo indestructible de la naturaleza humana lo seguiría adonde fuese”.

Encontramos en la caracterización que hace Freud de los comunistas una fuerte dosis de ironía y sarcasmo, en la que sobresale como tesis central su determinismo sobre la “naturaleza” humana, que irremediablemente lo conduce al escepticismo. Esto se combina además con una aversión a cualquier pretensión revolucionaria manifestada en forma humorística y posiblemente atravesada por los prejuicios propios de quien tiene una visión simplista y estalinizada del comunismo.

Las referencias que hace a la “naturaleza humana” no son aisladas sino que constituyen el núcleo duro sobre el que se estructura todo su texto conocido como malestar en la cultura. Las pulsiones de agresión y autodestrucción amenazan según su visión el progreso de la civilización y condena a priori las transformaciones revolucionarias reduciéndolas a la propiedad privada.

Freud: “Es verdad que quienes prefieren los cuentos de hadas se hacen los sordos cuando se les habla de tendencia natural del hombre a la “maldad”, a la agresión, a la destrucción, y en consecuencia también a la crueldad. ¿No hizo Dios al hombre a imagen y semejanza de su propia perfección?”

Esa clase de determinismos en los que las personas somos por naturaleza o de forma innata “buenas o malas, benevolentes o agresivas” dejémoslo para Hobbes y Rosseau, ya que remontan a discusiones de los contractualistas y nada tienen que ver con el marxismo. Quien crea que el problema radica en la naturaleza de pulsiones primordiales quedara atrapado en un callejón sin salida y será víctima del pesimismo más antirrevolucionario. Freud proyecta su propia ingenuidad y manifiesta su incomprensión del marxismo al reducirlo de forma economicista a una mera consigna o eslogan de abolición de la propiedad privada como una suerte de panacea que cura todos los males.

Los marxistas consideramos que las formas de opresión que subsisten más allá de la propiedad privada, es decir, esas formas de opresión que están más allá de lo económico, radican en la cultura (no en la naturaleza) y que la cultura puede cambiarse. El reduccionismo que hace Freud moviéndose por las artificiales categorías de la “naturaleza humana” buena o mala es algo completamente superado e incluso vetusto y arcaico en los tiempos del propio Freud. (Leer nota sobre Gramsci y los intelectuales orgánicos).

Partamos entonces de la base de que para Freud es imposible una transformación revolucionaria del tipo de sociedad en la que vivimos, y que como dijimos anteriormente ve necesaria la represión mediante un Leviatan, es decir, un Estado que impida caer en las pulsiones primordiales ya que éstas caso contrario imposibilitarían la convivencia y vida en sociedad. Esto indefectiblemente constituye la naturalización del orden social capitalista y un conjunto de ideas que lo justifican.

Sève: “Por un lado, individuos considerados solamente desde el ángulo de las pulsiones, como seres de deseo estructurados en su primera infancia, es decir, esencialmente por las relaciones familiares; y por otro, una sociedad reducida a algunas de sus superestructuras (derecho, moral), en suma identificada con una ley prohibidora; tal es la imagen idealista y simplista hasta la caricatura, por medio de la cual la obra freudiana cree poder rendir cuenta de la “significación de la evolución de la civilización”.

Por lo demás la cita de Freud es una parodia acerca de los ingenuos redentores del mal y una condena a priori de los comunistas con una vulgarización satírica de tinte economicista bastante difundida entre los detractores del marxismo.

Contribuye en buena medida a desmitificar la asepsia ideológica de un Freud apolítico, neutral y moderado. No es difícil demostrar que Freud y otros psiquiatras defendían algunos valores y condenaban otros.

Es lógico que desde su concepción idealista y típicamente burguesa no le encuentre ningún sentido a la revolución y al comunismo. Ya que ignorando completamente la lucha de clases se representa la sociedad en forma contractualista con un pacto social voluntario entre individuos que intentan escapar del estado de naturaleza donde las pulsiones amenazan la cultura y la civilización. Por ejemplo, veamos la justificación que hace del Estado burgués y la oposición a un gobierno de los trabajadores.

Freud: “Es imprescindible el gobierno de la masa por parte de una minoría, pues las masas son indolentes y faltas de inteligencia, no aman la renuncia de lo pulsional, es imposible convencerlas de su inevitabilidad mediante argumentos y sus individuos se corroboran unos a otros en la tolerancia de su desenfreno. Solo mediante el influjo de individuos arquetípicos que las masas admitan como sus conductores es posible moverlas a las prestaciones de trabajo y las abstinencias que la pervivencia de la cultura exige”.

La minoría a la que hace referencia son los burgueses explotadores, y los “salvajes” faltos de inteligencia a los que hay que mover a las prestaciones de trabajo y abstinencias, son los proletarios. Para los marxistas no se trata de que una minoría arquetípica vaya educando a las masas de manera reformista y utópica por medio de la razón sino de terminar con las condiciones materiales que dan lugar a concepciones alienadas del mundo.

La psicologización idealista de la sociedad lleva a Freud a concebirla como una institución de tipo paternal y ético-jurídica que tiene funciones prohibitivas y represivas. Veamos la consecuencia de esto y como la influencia de lo que va a llamar las grandes personalidades conductoras se convierte en el fundamento de la moral y el derecho.

Freud: “El superyó de una época cultural tiene un origen semejante al de un individuo: reposa en la impresión que han dejado tras sí grandes personalidades conductoras, hombres de fuerza espiritual avasalladora”

Sobre el super-yo colectivo, la psicologización de la sociedad y las hipótesis de neurosis civilizatoria, el propio Freud reconoce que puede tratarse de meras analogías y advierte sobre los peligros de arrancar los conceptos del lugar en donde han nacido. Un acto de humildad que parece haber sido completamente ignorado por quienes aplican el psicoanálisis hasta para descifrar la sopa de letras atribuyendole un papel explicativo central en el ámbito sociológico.

Por ejemplo, si tomamos en cuenta las contradicciones teóricas en el super-yo individual, que podríamos conceptualizarlo sintéticamente como “el guardian que inspecciona cada una de las mociones psíquicas y ejerce la censura sobre ellas”, veremos a lo largo de la obra de Freud que ni siquiera realizo distinciones que expliciten estándares de lo que entiende por super-yo rígido o flexible, lo cual implica la ausencia de parámetros en adultos que permitan evitar la arbitrariedad y relativismo del juego de palabras.

Szasz: “De acuerdo con una antigua formulación clásica [Strachey, 1934], la eficacia del psicoanálisis como tratamiento depende de las intervenciones (interpretaciones modificantes) del analista, cuando ellas consiguen cambiar el superyó del sujeto, permitiéndole ser más flexible. A mi juicio, esta concepción es sana. Empero, está muy limitada, al igual que la teoría psicoanalítica del superyó, por el hecho de que nada dice acerca de cuál es la clase de rigidez que se juzga «mala» y cuál es la flexibilidad «buena». En otras palabras, Freud y otros psicoanalistas juguetearon siempre con los sistemas normativos, sin comprometer nunca su opinión sobre los patrones normativos”.

Por si fuera poco Freud da explicaciones contradictorias sobre las causales de la severidad del super-yo individual que abarcan prácticamente todas las posibilidades. Pudiendo resultar: 1. de la severidad del padre; 2. de la indulgencia del padre; 3. que no tiene nada que ver con la severidad de los padres; 4. que depende del Super-yo de los padres y no de los mismos padres. No cabe refutación alguna bajo esta lógica de «si sale cara gano yo, y si sale cruz pierdes tú».

Imaginemos las consecuencias de trasladar todas estas inconsistencias y arbitrariedades en el análisis del super-yo individual complejizándolo aun más con una traspolación sociológica hacia los fines construir un concepto de super-yo colectivo de la sociedad. Estos intentos no pueden más que constituir un aventurerismo irresponsable completamente disparatado.

Pasemos ahora a el porvenir de la ilusión y el análisis de la religión que hacen Freud y Marx.

Para Freud la génesis psíquica de las representaciones religiosas se vincula con el desvalimiento del niño que necesita la protección del padre y que cuando se entera que el desamparo durara toda la vida entonces se refugia en la creencia en un dios como padre poderoso que calma la angustia frente a los peligros de la vida. Pese a estar de acuerdo con combatir la alienación religiosa mostraba ciertos temores respecto a la no adhesión a las normas que eso podría generar en los oprimidos.

Freud: “La cultura tiene poco que temer de parte de las personas cultas y los trabajadores intelectuales. La sustitución de los motivos religiosos de conducta cultural por otros, mundanos, se consumaría en ellos silenciosamente; además, son en buena parte sustentadores de cultura. No ocurre lo mismo con la gran masa de iletrados, de los oprimidos, que tienen todas las razones para ser enemigos de la cultura. Todo anda bien mientras no se enteran de que ya no se cree en dios”.

Aclaremos primero que Freud ignora por completo lo que refiere a la lucha de clases y cuando utiliza la palabra “oprimidos” lo hace únicamente para estigmatizarlos y reafirmar luego que son abiertamente hostiles a la cultura. La preocupación por los iletrados y los oprimidos esta planteada en los mismos términos de quienes sostienen discursos punitivistas y es coincidente con la teoría de prevención general negativa. Esta teoría legitimante del poder punitivo se estudia en derecho penal dentro de las teorías relativas de la pena y se ha demostrado falsa.

Freud: “Si uno no tiene permitido matar a su prójimo por la única razón de que el buen dios lo ha prohibido y cobrara castigo en esta o en la otra vida, y ahora uno se entera de que no existe el buen dios, tampoco habrá que temer su punición y uno matara sin reparos; solo la violencia terrenal podrá disuadirlo de ello”

Este tipo razonamientos siguen la lógica del mercado, según la cual el “iletrado/oprimido” antes de matar consultaría en los mandamientos religiosos para hacer el cálculo racional de si eso le costaría el infierno o no. Y cuando se entera que dios y el infierno no existen entonces el iletrado podría ser propenso a ir por la vida matando gente. Claramente esto es absurdo incluso para el propio Freud pero no deja de estar expresado en su cita.

Incluso el garantismo liberal criticaría ese tipo de concepción porque la problemática consecuencia práctica que acarrea habilitar un poder punitivo “terrenal” con fines preventivos subyace en que frente a la intención de disuadir se pierden todos los parámetros y escalas penales teniendo solo como tope la pena capital. A fin de cuentas ¿Cuál sería la pena que sirva de equivalente disuasorio a una eternidad en el infierno?

Más adelante profundizaremos sobre temas de criminología pero por el momento volvamos al fondo de la cuestión religiosa. No hay una teoría psicoanalítica de la religión, sino más bien analogías entre la neurosis y las prácticas religiosas que son incapaces de aportar explicaciones sobre su diversidad y desarrollo histórico. La causalidad neurótica de la creencia religiosa confunde la esencia de un hecho social con las condiciones psíquicas de su interiorización.

Cuando la influencia de la religión sobre la sociedad disminuye entonces Freud habla acerca de una humanidad que está saliendo de la “infancia”. Estas nociones vacías excluyen el análisis concreto de las condiciones materiales de la alienación religiosa y el estudio de cualquier proceso histórico.

Lo que Freud jamás pudo aceptar fue que tal como decía Politzer: “la psicología no posee en absoluto el ‘secreto’ de los hechos sociales, simplemente porque ese ‘secreto’ no es de orden psicológico”.

En cuanto a Marx no caben dudas de que la religión es incompatible con la dialéctica materialista y considera que toda crítica empieza por la crítica a la religión, pero veamos una de sus frases más famosas sobre este tema: “La miseria religiosa es, al mismo tiempo, la expresión de la miseria real y la protesta contra la miseria real. La religión es el suspiro de la criatura atormentada, el alma de un mundo desalmado, y también es el espíritu de situaciones carentes de espíritu. La religión es el opio del pueblo. (…) Renunciar a la religión en tanto dicha ilusoria del pueblo es exigir para este una dicha verdadera. Exigir la renuncia a las ilusiones correspondientes a su estado presente es exigir la renuncia a una situación que necesita de ilusiones”.

Las sociedades clasistas históricas y el sistema capitalista actual son esa “situación que necesita de ilusiones” y dar cuenta de eso implica abordar la religión en tanto fenómeno social e ideología cuya complejidad es inexplicable mediante las hipótesis de Freud. Si desde una perspectiva freudiana simplificamos la alienación religiosa como una neurosis obsesiva universal limitamos el alcance del análisis dejando de lado las condiciones materiales que la generan impidiendo además el salto sociológico para la comprensión de sus efectos sobre la conciencia de la clase obrera en el marco de la dialéctica de las relaciones sociales. Las posiciones de Marx y Freud son diametralmente opuestas y no combinables por la anulación que produce conjeturar explicaciones basadas en el temor al desamparo sobre los alcances de la perspectiva marxista de miseria religiosa como expresión y protesta contra la miseria real.

Sève: “No se puede evidentemente sostener a la vez que la religión es en el fondo una neurosis obsesiva, o sea dar cuenta de ella en función de una ilusión psíquica remitiendo a las relaciones del niño con el padre, y también que consiste en última instancia en una protesta mistificada de los hombres contra su miseria real, o sea, rindiendo cuenta de ella en función de una ideología social remitiendo a las relaciones de producción.

Y si sostenemos con Freud la primera tesis ¿Cómo no cuestionar el alcance esencial de la segunda? ¿psicoanálisis o materialismo histórico? Marx es ciego al deseo, dice uno, y en consecuencia a las raíces mismas del hombre, Freud ignora la dialéctica de las relaciones sociales, que es la base de todo hecho humano, dice otro”.




DATOS HISTORICOS


La IPA (Asociación Psicoanalítica Internacional) históricamente siempre fue conservadora o coloquialmente hablando, de derecha. El propio Freud avalo que los miembros marxistas sean excluidos. Cualquier intento de aportarle al psicoanálisis una perspectiva de izquierda fue acusado de desviación. Reich fue expulsado a causa de su “bolchevismo”, palabra empleada por Freud en una carta fechada el 17.1.32. También fueron apartados Marcuse y Fromm, entre otros.

Roudinesco cuenta que Reich “Acusó a los psicoanalistas de haber abandonado la libido y de querer domesticar el sexo, aceptando el principio de una adaptación del individuo a los ideales del capitalismo burgués. En un primer momento, aunque no compartía las opiniones del joven, Freud lo encontró más bien simpático: esa simpatía duraría poco, y Freud no tardó en detestar a Reich, al punto de querer eliminarlo del movimiento psicoanalítico”.

En el ámbito nacional, dentro de la APA (Asociación Psicoanalítica Argentina) se produce una ruptura en el año 1971 dando surgimiento a los grupos PLATAFORMA y DOCUMENTO. La escisión estaba motivada en parte por la falta de compromiso social de la institución con relación al clima de época del Cordobazo, pero mayormente por reclamos relacionados a la democratización de la asociación basados en desacuerdos con la formación elitista, el monopolio de la educación y la exigencia de ser médicos para poder formar parte.

Durante la dictadura militar el rol institucional y los posicionamientos de las asociaciones psicoanalíticas suministraron una complicidad civil y funcionaron guardando un silencio “neutral”, incluso frente a la desaparición o intimidación de sus propios miembros más cercanos. Hay también algunos casos (aislados) de psicoanalistas sospechados de hacer listas negras y ser colaboracionistas, caso de Casalla. En el libro “La Voluntad” de Caparros se mencionan testimonios sobre la presencia de psicoanalistas vistos en centros de detención y tortura aunque no lograron ser identificados.

No es casualidad que en esa época hubiera un avance de la corriente psicoanalítica más conservadora y estructuralista lacaniana ya que su descompromiso social evitaba irritar a los grupos que ejercían el poder. Vale recordar el caso de la famosa psicoanalista francesa Francoise Dolto especializada en pediatría y de gran prestigio internacional que al ser consultada sobre que hacer con los hijos de desaparecidos apropiados por los militares respondió: “Déjenlos donde están porque separarlos de los apropiadores sería ocasionarles un segundo trauma”.



GÉNERO y CLASE


Si tenemos en cuenta los pacientes de Freud veremos que no predominan precisamente los obreros y agricultores. Sino más bien personas ricas e instruidas, que a diferencia de los proletarios supuestamente se adaptarían con menos dificultad a la conversación psicoanalítica a causa de una mayor imaginación.

A los prejuicios de clase freudianos podemos sumarle la misoginia según vemos en el siguiente intercambio epistolar entre Jung y Freud, el primero escribe: «El análisis en las personas incultas es un trabajo muy duro». Y Freud le responde: «Si hubiese querido organizar mis afirmaciones según las indicaciones dadas por las señoras de la limpieza, sólo hubiese obtenido casos negativos (...) La suerte que tiene la terapéutica consiste en el hecho de que primero hemos aprendido tantas cosas en los demás casos que podemos contarles, nosotros mismos su propia historia a esas personas, y sin esperar su contribución. Entonces lo confirmarán a buen seguro; pero nada podemos aprender de sus casos».

Son precisamente ese tipo de razonamientos los que le han valido a Freud las acusaciones de confundir “humano” con “burgués de Viena”. Tuvo un trato frecuente y casi exclusivo con pacientes pertenecientes a la burguesía, con condiciones de vida mucho más favorables que las de las mayorías oprimidas, y donde aparece como secundario el análisis del plano socioeconómico y sus implicancias psíquicas en la subjetividad. Aborda la constitución subjetiva desde criterios patriarcales que se siguen utilizando hoy en día para descalificar al movimiento de mujeres.

Freud: «Es menester admitir que las mujeres tienen escaso sentido de la justicia, y esto se relaciona, sin duda, con el predominio de la envidia en su vida anímica, pues la exigencia de justicia es una elaboración de la envidia; ofrece las condiciones que hacen posible darle libre cauce. Decimos también que sus intereses sociales son más débiles que los de los hombres, y que su capacidad para sublimar los instintos es menor que la de aquellos»

En lo que refiere a las relaciones de pareja, Freud sostenía que se basan siempre en el dominio que ejerce uno de los integrantes y la sumisión del otro. Es incapaz de problematizar y poner en palabras los vínculos entre patriarcado y capitalismo, entre género y clase. Su concepción esta profundamente enraizada en las relaciones burguesas. Lo que quizás sea menos conocido es la insistencia de Freud en que la relación entre el psicoanalista y el paciente también debe ser la de “un superior y un subordinado”.

Freud le dice a Wortis después de tres meses de análisis: «Tiene usted que ir aprendiendo a absorber ciertas cosas y a no discutirlas. Tiene usted que cambiar de actitud (...) Acepte lo que se le dice, reflexione sobre ello, y digiéralo. Ésta es la única manera de aprender. Hay que tomarlo así o dejarlo correr»

La intervención en el proceso asociativo “libre” mediante sugerencias de interpretaciones por parte de los analizantes, sumado a los condicionamientos de la propia teoría, hacen que tarde o temprano los pacientes lleguen a los temas claves del psicoanálisis: la sexualidad y la muerte. Todos los caminos conducen a Roma cuando se subordinan las asociaciones al marco interpretativo, ignorando todo lo que lo contradice la teoría.

Rillaer: “Lo que el paciente dice en análisis está a veces en relación con sus verdaderos problemas, pero siempre estará en relación con los dogmas del analista. Éste filtra aquello que está de acuerdo con sus propias premisas y doblega las asociaciones del paciente a sus marcos de interpretación; el analista es por lo demás altamente responsable de los temas que van apareciendo”.

¿Un paciente tiene un conflicto con el patrón? El psicoanalista lo interpreta mediante el complejo de Edipo. ¿Los obreros hacen una huelga? Edipo. ¿Lenin escribe el Estado y la revolución? Edipo. Dejemos de lado la caricaturización y veamos otras explicaciones a las que han llegado algunos psicoanalistas para demostrar que las respuestas no son simples exageraciones tendenciosas para malhumorar al lector crítico.

Eysenck: “Un psicoanalista ingles atribuía el malestar que existía en el sector del carbón al conflicto inconsciente que los mineros experimentaban cuando tenían que utilizar un pico (símbolo fálico) para hendir la tierra (símbolo materno)”. Lenin exclamaría con sarcasmo: ¡Qué maravillosa erudición! Mientras que Marx se retorcería en la tumba ante semejante psicologismo despolitizado como explicación sobre la explotación que sufren los mineros.

Si las luchas por reivindicaciones se interpretan como subproducto de complejos entonces el psicoanalista se vuelve cómplice de los explotadores y anula la dimensión socio-política con el disfrazamiento de las condiciones de vida y explotación a la que están expuestos los obreros.

Una estadística mencionada en “las ilusiones del psicoanálisis” sostiene que hay una tendencia por parte de los militantes políticos a terminar abandonando su militancia y compromiso social durante los tratamientos psicoanalíticos. Habrá que ver la fiabilidad del dato estadístico y la correlación que pueda tener esa tendencia haciendo distinciones en las diferentes corrientes psicoanalíticas. Pero sin duda contribuye a correr el velo sobre cualquier pretensión de neutralidad o asepsia ideológica y hace necesario empezar a tomar en cuenta como las ideas religiosas y políticas de los psicoanalistas afectan en la práctica profesional y repercuten en las vidas de sus pacientes.

Dicho de otro modo, según la orientación del psicoanalista y las ideas religiosas y políticas que tenga, estas inevitablemente influirán en sus intuiciones sobre lo anda mal en el paciente. Szasz: “Que X sea un síntoma psíquico implica formular un juicio que entraña una comparación tacita entre las ideas, conceptos o creencias del paciente y las del observador, y la de la sociedad en la cual viven ambos”.

Recuerdo haber leído la nota de un psicoanalista intentando explicar el triunfo electoral de una fuerza política mediante el “masoquismo” de la población y realizando toda clase de etiquetamientos y estigmatizaciones a los militantes. No será de extrañar que también haya quienes intenten hacer coincidir posturas políticas con tal o cual estructura psíquica para posteriormente darle algún “tratamiento”.

En lo que respecta a la criminología las elaboraciones de las teorías criminológicas psicoanalíticas no son mucho más ingeniosas, al contrario, constituyen una variedad de reduccionismos alegando diferentes causales: la deficiencia del super-yo, simbolismos, frustraciones, sentimientos de culpa, etc. Estos modelos explicativos remiten siempre a un aspecto individualista ignorando la dialéctica de las relaciones sociales. Además cabe destacar como profundamente antirrevolucionario que al comportamiento no conformista con el sistema se le niega toda intencionalidad racional. La sola idea de que algunos psicoanalistas puedan llegar a asociar el Estado con la figura paterna constituye un servilismo a la burguesía.

Pavarini: “En relación con la teoría psicoanalítica del simbolismo se puede sostener que todo objeto, toda acción, toda persona puede tener un valor simbólico inconsciente y representar por tanto cualquier cosa diversamente. El mismo delito de hurto no siempre puede ser explicado como deseo de riqueza porque el objeto robado puede representar el amor y la persona agredida puede representar a otra a la que se le desea hacer un mal. En los delitos llamados ‘políticos’ el punto de partida es la ecuación inconsciente que el sujeto hace entre padre y estado, por lo que el odio hacia la figura paterna puede desarrollarse en rebelión política; en los mismos términos podrían ser explicados los delitos vandálicos en relación con aquellos bienes que de algún modo representan a la autoridad. Otras explicaciones del comportamiento criminal pueden extraerse de la teoría freudiana del sentimiento de culpa: el individuo puede considerar la pena como un posible alivio a su excesivo e intolerable sentimiento de culpa y por esta única razón cometer un delito”.

De esta forma se enmascaran problemas socioeconómicos como si se tratasen de meros problemas de psiquismos individuales. No es de sorprender que las teorías criminológicas psicoanalíticas ni siquiera se enseñen actualmente en las universidades. Y aunque la criminología se encuentra disputada entre abogados, psiquiatras y sociólogos, la integración de semejantes hipótesis basadas en equivalencias simbólicas solo conducirían a un inadecuado abordaje terapéutico individual. O peor aún, abonarían a un discurso legitimante de Estado terapéutico al estilo de distopía orwelliana.



SECTARISMO


Una de las características principales del sectarismo es la intolerancia a la critica que sumada al dogmatismo resulta en un coctel explosivo que obtura todo dialogo posible. Mientras que en el marxismo encontramos figuras como Trotsky que intentaron de buena fe interactuar con el psicoanálisis, no podemos decir lo mismo de figuras como Freud y Lacan con respecto al marxismo.

Erich Fromm decía: «En ciertas ocasiones y por razón de la personalidad de algunos de sus representantes, el movimiento psicoanalítico ha dado muestras de un fanatismo que no encontramos habitualmente más que en las burocracias religiosas y políticas»

Freud denunciaba cualquier oposición a su pensamiento como la consecuencia de represiones. Todo aquello que resulta molesto o que cuestiona la teoría se califica como resistencia (uno de los conceptos más elásticos que existen) y no hay reparos a la hora de psiquiatrizar y diagnosticar a los oponentes, incluso a sus propios discípulos.

Entre sus seguidores predominan los argumentos de autoridad, las alusiones a la «clínica» y la glorificación de Freud como el Mesías. Los discípulos se vuelven obsesos textuales que repiten ad nauseam la doctrina de las sagradas escrituras, ya sea la biblia freudiana o el nuevo testamento lacaniano.

Roustang: «un buen número de psicoanalistas parecen haberse alimentado con el psicoanálisis desde su primer biberón, hacen de él su única referencia, y no saben nada que no sea Freud o Lacan».

Es difícil imaginar el rechazo que pueda causar esta nota ya que mi posición me coloca en una doble minoría. Primero por ser marxista y segundo por criticar un Freud idealizado por la academia que se presenta como incuestionable en países como Francia y Argentina. Espero que esta crítica marxista pueda contribuir al menos para la reflexión de alguno de los aspectos mencionados. De más esta decir que esta nota no constituye una crítica global a la obra de Freud sino solamente a sus textos pretendidamente sociológicos.

Rillaer: “Para el psicoanalista cuestionado, el «verdadero» psicoanálisis está siempre en otra parte, el discípulo de Freud replica que el psicoanálisis es de hecho «algo totalmente distinto». Responde sin cesar: «¡pero no es eso lo que Freud quiso decir!». A fuerza de estar siempre «en otro lugar», uno tiene la impresión de que el psicoanálisis no está en ninguna parte...

El devoto no ve en el herético más que a un pecador, y el psicoanalista no ve en el rebelde más que un neurótico que se niega a reconocer que está profundamente aquejado por su enfermedad”.




ACLARACIÓN


Esta nota requiere de un complemento en antipsiquiatría para lograr una visión de conjunto de lo que intento expresar pero por motivos de espacio y para no abrumar con tanta información he decidido que sea una nota por separado, además de que la antipsiquiatría excede por mucho las críticas de la presente nota y diferentes paradigmas. Hago esta aclaración para anticipar que mi postura frente al psicoanálisis en modo alguno me hace menos crítico del reduccionismo biologicista de las neurociencias y de los criterios normalizadores de las Terapias Cognitivo Comportamentales

Algunos de los temas que serán abordados y que quizas puedan servir al menos de orientación para contextualizar lo desarrollado hasta aquí son: cuestionamiento al etiquetamiento y la estigmatización, paralelismos entre el Malleus Maleficarum y los manuales de diagnóstico como el DSM, antecedentes históricos de la psiquiatría, oposición a las hospitalizaciones involuntarias, torturas, lobotomías, electroshocks, crímenes de lesa humanidad, instituciones totales y sus efectos deteriorantes, intereses de la industria farmacéutica, vínculos entre ideología y enfermedad mental, resocialización, invalidación social. Estado terapéutico, control social, etc. Abolicionismo.




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