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Ilustración: Marcos Kazuo@rompts.comic

Imposturas posmodernas y tiranía de la verdad.
— Nikolái Aleksandr Weinbinder —

L

a posmodernidad como período histórico y el posmodernismo en tanto forma de cultura contemporánea, son el resultado de una derrota política lo suficientemente profunda como para que algunos se atrevieran a decretar la muerte de las ideologias y zambullirse en toda clase de subjetivismos impregnados de escepticismo. Esto dio surgimiento a imposturas intelectuales eclécticas, pluralistas y juguetonas, que intentaron caricaturizar las nociones clásicas de verdad, razón, identidad, objetividad, totalidad, universalidad, etc.

Las diversas expresiones del posmodernismo representaron un movimiento que pretendió ser una superación de los límites de la modernidad y ejerció influencia en diferentes ámbitos: arquitectura, literatura, arte, cultura, cine, filosofía, etc. Los origenes se pueden rastrear en el posestructuralismo que aparece a finales de la década del 60 para luego transitar el camino de una gradual despolitización. A partir de la decada del setenta algunos sectores comenzaron a utilizar la palabra ciencia como sinónimo de cientificismo, hablar de economía se convirtio en economicismo, de biología en biologicismo y asi otras imaginables analogías similares.

El presente texto abordará el aspecto más general y filosófico, aportando algunos matices en cuestiones relacionadas al lenguaje y lo discursivo. Empezando por una definición aproximada del posmodernismo filosófico entendido como una ideología del capitalismo tardío que tuvo su momento de auge con posterioridad a la caída del muro de Berlín. Y que se caracteriza por una excesiva deconstrucción de la historia, exaltando al máximo la multiplicidad, la diversidad y el multiculturalismo. Situado en oposición irreconciliable con la idea de verdad y expresando un igual desprecio hacia los grandes relatos, paradigmas, cosmovisiones o metodologías que tenga una vocación cientifica en tanto manifestaciones de una ambición de poder.

El intento posmoderno de relacionar al marxismo con el positivismo se basa en la no distinción del método dialéctico respecto de la lógica formal y en atribuir a ambos una pretensión de cientificidad sin tomar en cuenta que fueron los marxistas quienes dieron pelea contra aquellos positivistas que predicaban que los avances de la ciencia y la tecnología traerian por consecuencia inevitable el bienestar social y la resolución de conflictos. Desde el marxismo se planteo que la ciencia no era ajena a la lucha de clases y que una ciencia puesta al servicio de la burguesía no solo no iba mejorar las condiciones de vida sino que incluso podía ser empleada con fines opresivos o propiciar y desalentar investigaciones en funcion del redito economico haciendo caso omiso de las necesidades sociales.

Mientras que el marxismo quitaba el velo a la ciencia falsamente neutral vestida con el ropaje de asepcia ideológica positivista, los posmodernos atacaron el flanco opuesto del marxismo desde el irracionalismo, caricaturizando toda ciencia como una ilusión iluminista que debia ser superada. Más aún, la “emancipación” posmoderna consistiría en liberarse de la tiranía de la verdad y renunciar a cualquier pretensión de explicar un mundo inexplicable, diverso e inestable. Invitación a una crítica del orden social desde los márgenes o directamente fuera del perímetro.

La idea misma de los márgenes solo puede tener sentido para alguien que reconoce la existencia de un centro, ya que es más sencillo imaginar un caballo galopando sobre un tomate que visualizarse los márgenes de la nada. Claro que siempre se puede hacer un uso metafórico de estas expresiones alegando la priorización de darse entender, pero con ese détournement sistemático de los signos quedaríamos atrapados en un discurrir constante sobre los matices del lenguaje y los multiples significados de las palabras, con los riesgos inherentes de un solipsismo incapaz de reconocer que algo pueda tener una existencia propia e independiente por fuere de nuestra mente.

El escepticismo sobre cualquier forma de verdad u objetividad trae aparejado un relativismo epistemológico ecléctico, la primacía de lo estético y la predilección por lo superestructural. La ciencia queda convertida en un relato que hay que destruir cojuntamente con cualquier metodología que intente, por ejemplo, descifrar la dinámica interna de la historia en busca de hilos conductores y persistencias. Acusaciones de teleología, linealidad, totalidad y esencialismos se convierten en las expresiones más comunes de cancelación para desacreditar los llamados grandes relatos o narrativas.

La presuncion de que las totalidades son esencialistas lleva implícita la anulación de cualquier frontera que diferencie entre considerar a las totalidades irrepresentables, respecto de asegurar que directamente no existen. Esa totalidad como ficción producto de mentes totalizadoras sería una quimera que da pie la holofobia posmoderna, la cual tampoco va a distinguir entre totalidad y totalitarismo. A su vez no tiene importancia si hay un agente político o una identidad en tanto clase social que pueda transformar la totalidad, dado que no hay en realidad ninguna totalidad para ser transformada.

Rehusar de la totalidad es desentenderse del capitalismo, ya sea por su banalizacion que lo reduce a una configuración menor o por el escepticismo que cancela la totalidad por presunción de esencialismo. La antitotalidad es la negativa a situarse en un marco político más amplio en términos que exceden a una mera disyuntiva entre teóricos megalómanos que buscan expandir los alcances de sus perspectivas, mientras que otros pensadores particulizadores transitan la micropolítica incapaces de adherir a algo que incluya una categoría como la de sistema o totalidad.

La totalidad no tiene porque ser objetivismo y homogeneidad, con reducción a un único principio determinante. Es el propio capitalismo transnacional y las formas de cultura que produce en su expansión lo que da lugar a un mundo uniforme y estandarizado. Si nos encerramos en nuestro discurso sin ver aquello que trasciende el lenguaje nos perdemos de reconocer el mundo material sobre el que queremos intervenir para modificarlo.

Es la práctica la forma primaria en la que nos enfrentamos al mundo para reconocerle su existencia real sin quedar anclados en debates sobre si el significante produce el significado o viceversa. Podríamos arrancarnos la piel discursivamente sin salirnos del discurso que rinde culto a la textualidad asi como también quitarnos los ojos sin ampliar nuestra vista panorámica.

La delimitación entre discurso y realidad, entre la interpretación y la práctica, ayuda a canalizar energías sin ser víctimas de pequeños espacios sectarios que ofrecen una frágil sensación de libertad con transgresiones que en lo concreto no incomodan al poder ni al orden establecido a menos puedan dar el salto de lo individual a lo colectivo mediante el reconocimiento de identidades que no sean desarticuladas con la nociva atomización que producen los extremismos de la pluralidad y diferencias.







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