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Ilustración: Marcos Kazuo@rompts.comic

Abolicionismo: Deslegitimación del poder punitivo.
— Nikolái Aleksandr Weinbinder —




Work in progress.

Esta nota es una continuación al articulo de cárcel y castigo publicado anteriormente en la página web. Con la diferencia de que aquí se tratara más detalladamente lo que refiere al abolicionismo penal y a la deslegitimación del poder punitivo que transciende la institución carcelaria. Recordemos que la cárcel es una máquina de picar carne de la cual es muy difícil salir y que incluso quienes logran hacerlo dejan de ser quien eran, se los come el sistema y se les pegan las rejas, quedan con el lomo marcado con la etiqueta de presos y cargan con un conjunto de estigmas que los acompañaran toda la vida. No se “es” preso, sino que se “esta” preso. Pero en los callejones del derecho penal de autor pareciera ser lo opuesto, solo quien tenga la sensibilidad entrenada notara la diferencia evitando ese tipo de torpezas en el lenguaje que las encontramos incluso en aquellas izquierdas con tensiones internas que ponen el foco más en la selectividad del poder punitivo que en propiciar la abolición de la cárcel y la idea misma del castigo.

La prisión es tortura y como tal indefendible, aunque apelar a la humanidad de las personas poco efecto puede tener entre quienes tienen sed de venganza y militan la cultura del garrote. Aquellos que legitiman el encierro con la ficción jurídica del delito y no suelen ver más que un fotograma de la realidad, representandose mentalmente “delincuentes” estereotipados con trajes a rayas como en las caricaturas, sin pasado pero también sin futuro. Mientras que a quienes padecen intramuros se les expropia la identidad, pierden el registro de lo que hacían en libertad, quedan infantilizados y en un estado de regresión que es producto de una prisionización antítesis de cualquier espejismo resocializador. Son conducidos a una jaula arrastrando las cadenas de un derecho penal que expropia el conflicto a las partes y donde el Estado se sitúa en el lugar de ofendido.

¿Por que vemos también a partidos de izquierda pedir cárcel? Básicamente porque no se plantean abolir el castigo en si, y porque conscientes de la selectividad quisieran invertirla aplicando otro modelo punitivo pero con diferente destinatario. A esto le podemos sumar también la utilización política de las víctimas que también realizan los sectores de derecha. Siempre habrá un talón de Aquiles, los más comunes son los delitos de lesa humanidad, delitos sexuales, homicidios con alevosía. La pregunta gira en torno a si la misma graduación del dolor no será una lógica capitalista para controvertir y si aun pudiendo graduarlo vale la “pena” causar sufrimiento igual o peor a una persona en nombre de la llamada “justicia”. ¿Que tan justo es en una sociedad que se dice civilizada torturar a quien torturo?

Dejarse llevar por sentimientos y retribucionismo emocional puede ser comprensible en situaciones que nos escandalizan y resultan intolerables, pero no constituyen un argumento jurídico. Ni siquiera la constitución permite valerse de un derecho a castigar, aunque no faltan eufemismos para hacerlo, incluso tenemos penas que se hacen pasar por medidas para sortear garantías procesales. En la voz de quienes no conocen la realidad carcelaria más que por los relatos de la criminología mediática pareciera ser que quien las hace las debe pagar con creces, y cuanto más severo el castigo será mejor porque aunque no tenga otra finalidad que causar dolor cuanto menos satisface el sadismo de imaginarlos sufrir tras las rejas.

Abolir la cárcel es tan difícil como lo fue abolir la esclavitud, requiere transitar un camino que lleva tiempo, con un horizonte que se escapa, especialmente en los comienzos donde todo parece una utopía inalcanzable hasta que transmuta en inevitable y entonces el cambio se profundiza hasta hacernos sentir avergonzados de nuestro pasado y preguntarnos cómo es que tardamos tanto en desnaturalizar la vejación del encierro y los tormentos que le acompañan. La tarea abolicionista y el objetivo de desaparecer la cárcel, el sistema penal, y el castigo, presenta una enorme resistencia, tal como ocurrió además de con la esclavitud, también con la inquisición o hasta con las corridas de toros en San Fermín. Cualquier movimiento revolucionario que quiera trastocar el statu quo despierta miedos enormes e incertidumbre frente lo desconocido. Sienten pánico a la revolución, a la desaparición de la cárcel y del Estado, y todo aquello que les resulte impensable porque están absorbidos por la fantasía del caos.

Para sorpresa de los defensores de jaulas, la humanidad a pasado la mayor parte de su existencia sin cárceles y se puede afirmar que en términos históricos dicha institución total es relativamente joven y que su aparición coincide con el surgimiento del capitalismo. El grueso de la historia refuta los miedos y especulaciones sobre la extinción de nuestra especie en caso de su ausencia. ¿Que pasaría si descubrieramos que tener cárceles genera más violencia y agrava situaciones al punto tal de que sería mejor su inexistencia? ¿Cuales serían los miedos más comunes que se dispararían? Posiblemente hobbesianos nos dirían que el hombre es el lobo del hombre y que necesitamos Leviatanes que pongan orden para evitar el caos del estado de naturaleza. Otros temerían que la falta de canalización de la venganza diera lugar a la justicia por mano propia o la impunidad de delitos graves. Nosotros preferimos pensar que tal situación abriría paso a la imaginación no punitiva y a devolver las situaciones problemáticas a las partes involucradas para que busquen medios alternativas superadores de soluciones universales, genéricas y simplistas.

Ya decía Proudhon que las leyes son telarañas para atrapar pobres. La categoría de delito y las conductas criminalizadas responden al capricho y los intereses de las clases dominantes. Las garantías, aunque las conozcamos e incluso las utilicemos, no dejan de ser en el fondo parte de la farsa y el circo que mantiene las apariencias de una ficción jurídica mayor conocida como estado de derecho. Para sorpresa muchos punitivistas en la constitución de nuestro país no se asigna un fin a la pena e incluso se dice expresamente que las cárceles no serán para castigo. Es decir que incluso constituciones liberales prohiben que el fin de la pena sea el castigo por el castigo mismo. Esto no quita que se puedan encontrar rasgos de la teoría del etiquetamiento detrás de expresiones como “reos” en lugar de llamarles personas. Y tantas otras patrañas que no vienen al caso.

La selectividad del poner punitivo es doble, no solo persigue a los sectores mas vulnerados (dicho así para evitar la connotación victimizante de vulnerables) sino que también se aplica según la importancia de la víctima. Si la persona afectada reviste cierto estatus la presión será mayor que si se tratase de un desconocido desapegado de los canones del buen vivir. Una persona que encaje con el estreotipo de chica buena o anciana indefensa puede convertirse en la candidata perfecta para la criminología mediática que quiera aumentar el clamor social y la inflación punitiva. En cambio el linchamiento de un ladronzuelo de celulares amigo de lo ajeno hasta puede evocar festejos bajo la siniestra idea de justicia según la cual habrá un “chorro” menos, sin detenerse a pensar que según esa misma lógica tendrían un “homicida” más.

También se puede ser atrapado por el poder punitivo sin haber hecho absolutamente nada por el solo hecho de estar en el lugar equivocado y a la hora menos indicada, como es el caso de Fernando Carrera en la masacre de Pompeya. Quienes sean muy jóvenes o no recuerden lo sucedido pueden acceder al documental El Rati Horror Show en la sección de videos. Un claro ejemplo de la manera en que se pueden armar causas y de como nadie esta exento de terminar entre las rejas cuando la justicia se mueve al ritmo de una sociedad represiva que demanda mano dura y chivos expiatorios. Los medios de comunicación inoculan miedo para vender luego seguridad y tolerancia cero. Se sobredimensionan y tergiversan noticias reproducidas las 24 horas con fines espurios que trascienden lo informativo y que se inscriben en el terreno de descaradas campañas ideológicas a favor del punitivismo.

*Texto en elaboración..






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