Luz ON/OFF

OFF

OFF

OFF

MENÚ

Ilustración: Marcos Kazuo@rompts.comic

Ejercicio ACR: Objeto subjetivo.
— Nikolái Aleksandr Weinbinder —

G

erundio de una fría tapa de mermelada redonda como un planeta pero culturalmente imposibilitada de girar más allá de los límites de los anillos de mi rosca. Mi cuerpo es de vidrio y etiquetas pacatas con insípidas letras muertas cubren mi desnudez. Oculto los manjares y la podredumbre de una sociedad corrupta y desalmada que no ve en mi más que un objeto inanimado cuya fórmula química derivan del algébra.

Me cosifican, disciplinan y estandarizan en la cárcel de una fábrica donde hombres y mujeres mastican plomo untando sus desayunos con imaginaciones. Siento la asfixia de las promociones y de las góndolas con absurda simetría donde se respira una opresiva linealidad que me invita a estrellarme contra el suelo salpicando con mis fluidos a los zombies que me rodean.

Por las mañanas y las tardes picos de cuervos en forma de cucharas me arrancan las vísceras y me esparcen como gelatina sobre sus vidas cuadradas salidas de una tostadora. Humanos poco humanos devuelven mis restos a la heladera que enfría mi sangre prohibiendo la rebeldía de mi putrefacción que pudiera salvar mi contenido de ser engullido por esas sonrisas de ortodoncia que esconden paladares incapaces de saborear lo blasfemo.

La revolución de las tapas de mermelada que se resisten a ser abiertas encarna las voces silenciadas de ancestrales existencias enfrascadas que buscan venganza por siglos de manoseo desapasionado. Se inicia la batalla asimétrica en el campo espectral desplegando la épica de una sublevación llevada adelante desde el placer de abolir aboliendo sin el sacrificio de los mártires ni las especulaciones de conveniencias.

Mermeladas con más necesidad de respeto que de pan se desalinean en primera fila mezclandose sin distinción de sabores en una cruzada anti identitaria para matar al dulce de leche y el frasco de miel que se enuncian a si mismos como únicos estableciendo sus dictaduras monoteístas. ¡Haremos arder el calendario gregoriano para reivindicar nuestra trascendencia más allá de las fechas de vencimiento del pasado mañana!.

En el telón de fondo se instala una partida de ajedrez sin alfiles entre las dos zigzagueantes lineas de fuga de la filosofía donde un martillo materialista golpea con fuerza el solipsismo idealista de los esclavos del discurso. Una huelga de ascensores y relojes de agujas puntiagudas se burla de los hechos y las interpretaciones convocando a asumir el deber poético de las tareas de transformación.

La dialéctica rizomática con la unidad de lo diverso propicia la síntesis de un salto cualitativo que corroe los márgenes de un mundo oxidado sostenido por una tortuga cuyo caparazón esta atado con los cinturones imperialistas del convencionalismo. La sinfonía de la negación de la negación provocará el choque de placas tectónicas que hagan cagarse en los pantalones a las viejas vinagres que almuerzan por televisión.

Embriagados de un escándalo virtuosamente mundano sacudimos las conciencias del rebaño con la soberbia de una mancha de malbec en la camisa blanca recién comprada. Desde la horizontalidad de las ruinas de los altares desatamos los nudos de las corbatas para convertirlas en papel higiénico mientras potenciamos el sabor amargo de las cáscaras de naranjas mećanicas que nos habitan.

Bien sabe el Conde de Montediablo los secretos que se ocultan en los subsuelos de mi apariencia de mercancía. El ruido mudo de las cadenas de explotación que trascienden la cultura y se reflejan en ella con la sutileza de un espejo que distorsiona las sonrisas de los vampiros hasta convertirlos en monalisas. Suena la campana y lo que parecía una batalla de ideas se convierte en un choque de intereses materiales.

La conjura de las pulpas de durazno y la vuelta al mundo en ochenta frascos apuntan sus misiles contra la silueta de una estructura a los fines de derribar ese todo inclasificable. La rebelión contra la tiranía light de las tapas verdes sumisas ante una psicología de colores impuesta por departamentos de marketing es el preludio de la deriva de otredades radicalizadas que se organizan para transitar incluso su propia anulación.

El código de barras como estigma visible, la impúdica ostentación del espesante que petrifica, el conservante de sorbato de potasio que prolonga la agonía, el aromatizante artificial que reprime el olor a nafta y el antiespumante que deconstruye a la cerveza tibia. Imagen pulcra de lo preestablecido decorada con una calavera de gluten que anuncia los peligros de mi veneno mientras destruyo el mandato de la dieta de dos mil calorías.

Rupturas vertiginosas atropellan toda forma de cordura bailando sobre las objetividades con sensación de extranjería y perversa infinitud abolicionista. El frasco vacío de mermelada segregado en contenedores de colores que separan el metal del vidrio tranquiliza la conciencia del buen samaritano que prejuzga los vidrios rotos como inofensivos sin ver la potencialidad insurgente de un caos que deforma inercialidades.

Mientras tanto una bruja esdrújula aviva las llamas de la hoguera con manuales de diagnóstico y códigos penales. La espada civilizatoria no logra multiplicar las cruces ni domesticar a los animales para que entierren su barbarie junto a sus huesos. Y las cenizas de perros poetas muerden el fantasma de Platón persiguiendo el ideal de reencarnar en cerdos violetas que vayan sin rumbo hacia la victoria de lo inacabado.







COMENTARIOS

Nos interesa conocer tu opinión. ¿Qué te pareció el contenido de la nota?